POR DANIEL DEU

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BATIR EL PARCHE (PARTE I)

Mick Fleetwood es uno de los bateristas de rock más famosos y consumados del mundo. Su grupo, Fleetwood Mac, ha vendido decenas de millones de discos y los críticos de rock consideran que sus álbumes Fleetwood Mac y Rumours son obras maestras. A pesar de eso, cuando Mick estaba en el colegio, todo indicaba que no era demasiado inteligente, al menos según los criterios que nosotros convencionalmente aceptamos.

 

-Yo era un desastre en lo que se refiere a los trabajos de clase, y nadie sabía por qué -me contó-. En el colegio tenía problemas de aprendizaje, y todavía los tengo. Era totalmente incapaz de entender las matemáticas. Incapaz. Ahora mismo pasaría grandes apuros si tuviese que recitar el abecedario hacia atrás. Tendría suerte si lograse hacerlo rápidamente hacia adelante sin equivocarme. Si alguien me preguntase: “¿Qué letra va antes de esta?”, me darían sudores.

Estuvo en un internado en Inglaterra y la experiencia le resultó profundamente frustrante. “Tenía grandes amigos, pero no era feliz. Me sentía excluido. Sufría. No sabía qué quería llegar a ser porque era un completo fracaso en cualquier cosa estrictamente teórica, y no tenía ningún otro punto de referencia”.

Afortunadamente para Mick (y para cualquiera que más tarde comprara sus álbumes o fuese a sus conciertos), provenía de una familia capaz de ver más allá de los límites de lo que enseñaban y evaluaban en las escuelas. Su padre era piloto de combate de la Royal Air Force (RAF) británica, pero cuando dejó el servicio decidió dedicarse a su verdadera pasión, la escritura. Para cumplir su sueño, se instaló con su familia en una barcaza en el río Támesis, en Kento, donde vivieron tres años. La hermana de Mick, Sally, se trasladó a Londres para hacerse escultora, y su hermana Susan hizo carrera con el teatro. Dentro de la familia Fleetwood todos entendían que el esplendor del éxito podía llegar de formas diferentes y que no ser muy bueno en matemáticas, o incapaz de recitar el abecedario hacia atrás, difícilmente condenaba a nadie a llevar una vida insignificante.

Y Mick podía tocar la batería. “Probablemente tocar el piano sea un indicio mucho más impresionante de que ahí pueda haber creatividad -me dijo-. Yo lo único que quería era darle palizas a la batería o a los cojines de las sillas. Eso no parece demasiado creativo. Es casi como “Bueno, cualquiera puede hacer eso. No hace falta ser muy listo”. Pero comencé a tocar la batería y aquello me cambió la vida”.

El momento epifánico de Mick -el punto en el que “tocar la batería” se convirtió en la ambición que conformaría su vida- llegó cuando siendo un chaval visitó a su hermana en Londres y fue a “un sitio pequeño en Chelsea en el que actuaba un pianista. Había gente tocando lo que, ahora lo sé, era música de Miles Davis y fumando Gitanes. Los observé y comencé a ver el principio de ese otro mundo; la atmósfera me absorbió. Me sentí cómodo y libre. Ese era mi sueño. De vuelta al colegio, me aferré a esas imágenes para salir de aquel mundo. Ni siquiera sabía si podría tocar con otra gente, pero aquella visión me permitía escapar de la pesadilla de la puñetera vida escolar. Yo le ponía mucho empeño en mi interior, pero a la vez era increíblemente infeliz porque todo el colegio me indicaba que era un inútil según la norma”.

Fuente: Ken Robinson “The element”, Grijalbo, 2010.-

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