POR DANIEL DEU

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CULTURA ARGENTINA (Parte X) - “La libreta del almacén del barrio”

Las crisis obligan a agudizar el ingenio y la de 1930 no fue una excepción a esa regla general.  Mientras los gobiernos se veían forzados, contra su convicción en la libertad de comercio, a implantar controles de importaciones y de cambio para cuidar las escasas divisas que entraban al país, los comerciantes debían buscar formas para conservar su clientela en un mundo marcado por una de las mayores y más prolongadas recesiones que recuerde la historia.

 

Al fiado

En medio de la “mishiadura”, uno de los proverbios que más circulaban por la Argentina era el que reza “Dios aprieta, pero no ahorca”.  Al mismo tiempo que exportaciones caían tanto como la actividad económica, la misma recesión hacía que los precios relativos se mantuvieran estables y, en algunos casos, bajasen en el mediano plazo.  Esta falta de inflación permitió que en lo más duro de la crisis pudiera sobrevivir la vieja “institución financiera” de los sectores populares: la libreta de almacén

En los barrios, el almacenero era la principal vía de acceso al crédito, la única alternativa a la casa de empeño o el usurero.  La compra “al fiado” incluía los rubros de mayor salida (legumbres, pastas secas, jabón de lavar, yerba, azúcar, entre otros) y no los que podían considerarse vicios (vino, por ejemplo), a menos que se tratase de un cliente muy conocido y pagador puntual.

Eso no quita que ya por entonces más de un almacén ostentase el consabido cartel de “Hoy no se fía, mañana sí”, un modo de desalentar el abuso, aunque rara vez era una regla aplicada a rajatabla.  Los almacenes que efectivamente no fiaban jamás, a la larga iban perdiendo clientela, ganada por los que actuaban de manera más flexible.

 

Para paliar los dolores de las largas caminatas

En la década de 1930 no siempre era posible reunir los 20 centavos que podía insumir el viaje en dos tranvías (o en alguna de las varias combinaciones de tranvía, subte, tren y colectivo) para ir de casa al trabajo, ida y vuelta.  Un asalariado, por lo general, “pateaba” mucho ya entonces, por lo que no deben sorprender los frecuentes avisos, como los que publicaba Caras y Caretas, de productos para los pies doloridos.  El bálsamo pédico del Dr. Scholl se vendía a razón de m$n 1,50 el tarro, mientras que el clásico Untisal costaba m$n 6 el frasco grande y “apenas” m$n 1,80 el chico.

 

De lo importado a lo nacional

En los almacenes iban perdiendo terreno los productos importados, ya que los controles sobre el comercio exterior tendían a su reemplazo por los elaborados localmente.  Este proceso de sustitución de importaciones por bienes manufacturados en el país tuvo más de un rasgo particular.

Por una parte, a medida que las trabas a la importación llevaban a una mayor actividad de las fábricas y los talleres locales, se iría revirtiendo la terrible desocupación sufrida al inicio de la crisis.  Por otra, la posibilidad de producir en el país traería la radicación de empresas industriales de capital extranjero, que de ese modo ganaban presencia en el mercado argentino.

Entre las fábricas que se instalaron por esos años en la Argentina, se encontraban las textiles Ducilo y Sudametex, las de los rubros alimentarios y de golosinas Royal, Quaker y Suchard, las de productos eléctricos Osram, Philco y Eveready, y la de neumáticos Firestone.  Sumada a la de cosméticos, artículos de tocador e higiene (como Palmolive) y las primeras ensambladoras de automóviles (Chevrolet y Ford) que habían arribado al país en la década anterior.  Predominaban entre ellas los capitales de origen estadounidense.  Se trataba de un modo de salvar los controles de cambio, que favorecían el tradicional comercio exterior vinculado al mercado británico en detrimento de las importaciones provenientes de Estados Unidos.  De esta manera, muchas veces, sin que fuera la intención oficial, las medidas tomadas para paliar la crisis traían cambios inesperados en la sociedad argentina.

 

Si hay pobreza, que no se note

En Buenos Aires había casi 2.500 talleres de joyería y más joyeros que en Roma.  El gremio de los artesanos joyeros editaba seis revistas especializadas y se había formado, en 1919, el Diamond Club, con una importante cantidad de socios.  Las cadenas de joyería como el Trust Joyero, Escasany, Ricciardi, Cohen y Testorelli, tenían sucursales en todo el país.  En la Capital Federal, existían casi cien fábricas de cajas de reloj y talleres con hasta 200 operarios.  Unos 2.000 artesanos atendían la demanda creciente de un consumo que no era privativo de las clases altas.

Fuente: Clarín, “Billetes y estampillas de los 200 años: muchas monedas y ninguna.  Revista 10, Arte Gráfico Editorial Argentino, 2010.-

ACTIVIDAD PARA PENSAR

A JUGAR!

En esta oportunidad voy a invitarte a participar en la resolución de un “acertijo”.  En general los acertijos no tienen soluciones oscuras ni requieren de conocimientos especializados.  Es importante que tengas en cuenta el pensamiento lateral.  Dicho esto, sólo atrévete, e intenta resolverlo. 

-EL TONTO DEL PUEBLO

Los visitantes a un encantador pueblo de montaña muchas veces se divertían con el tonto del pueblo.  Cuando se le daba a elegir entre una brillante moneda de 50 centavos de dólar y un arrugado billete de 5 dólares, siempre elegía la moneda.  El billete valía diez veces más, así que, ¿por qué lo elegía?

Pregunta: ¿El tonto del pueblo era simplemente tonto?

Respuesta: NO

P: ¿Tenía un buen motivo para preferir la moneda al billete?

R: SÍ

P: ¿Tener la plata en monedas representaba para él, de alguna manera, un valor más alto que tenerla en billetes?

R: NO

 

(La solución la puedes enviar a direccionnmo@gmail.com)

-Fuente: Paul Sloane & Des MacHale, “Acertijos: nuevos ejercicios de Pensamiento Lateral”.  Ediciones De Mente, 2010.-

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