POR DANIEL DEU

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ME MAREO

Dada su importancia en la economía de las zonas costeras, la elaboración de tablas de mareas precisas
ha sido una preocupación desde muy antiguo. Como se ha dicho, los sabios griegos ya sabían que la
Luna estaba ligada a las mareas y usaban sus conocimientos astronómicos para intentar predecirlas.
La tabla de mareas más antigua que se conoce es china y data de 1056. Pero la elaboración de tablas
fiables de manera sistemática no fue posible hasta finales del siglo XIX.
Aunque Newton comprendió el origen de las mareas, no fue capaz de elaborar un método viable de
predicción. Varios factores venían a complicar el problema. Por un lado, entre marea y marea el
agua tiene que desplazarse de una zona a otra. Esto crea flujos que producen un retraso, de forma
que, por ejemplo, la pleamar no coincida con el momento en que la Luna está en su punto más alto.
Además, hay factores locales que pueden llegar a tener una gran influencia. Los mares pequeños
como el mar Negro o el mar Báltico, presentan mareas muy débiles. También las mareas son mucho
menos intensas en el Mediterráneo que en el océano Atlántico. En definitiva, una predicción local de
la altura de las mareas a partir de la ley de gravitación universal y los principios de la mecánica y la
mecánica de fluidos es una tarea formidable que implica conocer en detalle las características de la
costa.
Fue el matemático y físico francés Pierre Simon Laplace (1749-1827) el que dio el impulso
definitivo a la teoría de las mareas. Laplace elaboró una teoría general de las mareas en que incluía
no solo los efectos de la atracción lunar y solar sino también los factores hidrodinámicos más
importantes. Las ecuaciones de la teoría de Laplace eran demasiado complicadas como para
resolverlas en su época, pero sentaban los fundamentos del cálculo de las mareas. La teoría sirvió a
Laplace para demostrar una particularidad de las mareas que no tiene ningún otro fenómeno oceánico:
toda la variabilidad de las mareas está concentrada en unos pocos ciclos astronómicos. Por ejemplo,
en la mayoría de los lugares las mareas son el resultado de la combinación de tres oscilaciones que
tienen períodos semiduros: 1,93 ciclos por día (debidos a la Luna), 2 ciclos por día (debidos al Sol) y
1,90 ciclos por día (debidos a la excentricidad de la órbita lunar). En algunos lugares hay otras tres
frecuencias que pueden ser importantes y se deben a la asimetría introducida por la inclinación del
eje de giro de la Tierra. En definitiva, conociendo la amplitud correspondiente a cada una de estas
oscilaciones y su fase (esto es, el momento en que la oscilación correspondiente pasa por su máximo),
es posible predecir a largo plazo el momento de las mareas y su altura. Esto contrasta con otros
movimientos oceánicos o atmosféricos, donde un número finito de frecuencias no es suficiente para
reproducir los movimientos observados.
Pero ¿cómo saber la amplitud y la fase de cada oscilación? Pues no hay más remedio que extraer la
información de las medidas. Se elige un lugar (un puerto marítimo es lo más conveniente) y se toman
medidas de la altura de la marea a intervalos regulares durante un período suficientemente largo de
tiempo. A partir de esas medidas, las adecuadas herramientas matemáticas permiten obtener
amplitudes y las fases de cada una de las frecuencias consideradas.
William Thomson (que pasó después a llamarse Lord Kelvin) ideó en 1872 una máquina calculadora
mecánica que permitía elaborar tablas de marea de enorme precisión. La máquina estaba construida
a base de poleas, manivelas y ruedas dentadas.
El ejército inglés utilizó durante la Segunda Guerra Mundial una versión de esta máquina que
manejaba 24 frecuencias diferentes. Por su parte, la marina de Estados Unidos disponía de máquinas
similares que fueron profusamente utilizadas en la guerra del Pacífico. Para el desembarco de
Normandía era esencial conocer la altura de la marea en sus playas. Los alemanes, por orden del
mariscal Rommel, habían construido una serie de obstáculos sobre las playas previendo que la
invasión se llevaría a cabo con la marea llena. El objeto de estos obstáculos era dañar las
embarcaciones de desembarco. Pero la aviación aliada detectó este movimiento táctico y el alto
mando decidió que la invasión se llevara a cabo con la bajamar. Esto obligaba a que equipos
especializados actuaran inmediatamente para demoler los obstáculos y crear pasillos para las tropas.
Por todo ello era fundamental conocer no solo la hora de la bajamar, sino también la velocidad a la
que la marea subía, y así saber con cuánto tiempo contaban los equipos de demolición.
Los datos de marea de los que se disponían eran de antes de la guerra y correspondían a puertos de la
costa, pero no de las playas mismas. No se tenía acceso a ninguna serie de medidas recientes sobre
los puntos de desembarco que permitiera hacer una predicción medianamente fiable. Por este motivo
los ingleses realizaron una serie de misiones nocturnas, llevadas a cabo por pequeñas embarcaciones
y submarinos, para obtener datos de la altura de la marea en las playas de Normandía. Estos datos,
aunque pocos y obtenidos en condiciones muy difíciles, fueron vitales para que el servicio de
predicción pudiera elaborar tablas de marea fiables para el Día D. Entre los muchos factores que
fueron decisivos para el éxito de la invasión, la correcta predicción de las mareas no fue un asunto
menor, aunque raramente apreciado.

 

Fuente: Alberto Pérez Izquierdo, “Fenómenos cotidianos -La física del día a día”, Bonaletra Alcompas, S.L.,, 2016.-

ACTIVIDAD PARA PENSAR

La toma de decisiones es, básicamente, el proceso mediante el cual una persona elige una opción
entre dos o más posibles. El proceso depende de la estimación que se hace de los resultados que se
obtendrán; en otros términos, se trata de elegir en forma anticipada la mejor alternativa buscando una
recompensa (que llegará si tomamos la decisión correcta).


En la toma de decisiones interviene especialmente la región orbitofrontal del cerebro, que integra los
estados somáticos con la información presente, incluyendo el aprendizaje que incorporamos en
situaciones anteriores, y permite evaluar las consecuencias a largo plazo de la elección realizada.
En el dibujo de abajo tiene cuatro tarjetas reversibles, es decir, se pueden dar vuelta, y usted conoce
la siguiente premisa: en la otra cara de cada tarjeta que tiene una letra A, hay un número 3.


Para confirmar la validez de esta afirmación, ¿qué cantidad de tarjetas, de manera necesaria y
suficiente (mínima), debería dar vuelta?

Fuente: Néstor Braidot, “Neuro Management”, Editorial Granica, 2015.-

(La solución la puedes enviar a info@nmoneurocapacitacionludica.com)

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