NEUROLÚDICA: Necesidad, Motivación, Oportunidad. -Los mecanismos de la motivación- (Parte IV)
Autor: Dr. Mgtr. Daniel Deu
«»Estoy agradecido por todos los que me dijeron NO. Es gracias a ellos que estoy siendo yo mismo» Albert Einstein
En esta cuarta parte profundizaré dos de los principales mecanismos de la motivación intrínseca: el placer (en sentido amplio) y la recompensa. Hoy sabemos que cuanto más potente sea el estímulo placentero (neurotransmisor conocido como “dopamina”), más se buscará de nuevo para que proporcione otra vez placer. Es esa “recompensa” la que nos lleva a desear la conducta que lo generó. En este aspecto, las actividades “neurolúdicas” contribuyen a fortalecer, además de la dopamina, las famosas endorfinas o los endocannabionoides; moléculas producidas por el cuerpo que actúan como neurotransmisores. ¿QUÉ ES LA DOPAMINA?
La dopamina es un neurotransmisor que actúa principalmente en diferentes partes del cerebro. Tiene a su cargo múltiples funciones, principalmente relacionadas con el movimiento, la motivación, el placer y la recompensa. También juega un papel muy importante en la cognición, la atención, el estado de ánimo y la regulación de diversas funciones corporales. En el cerebro humano existen entre 300.000 y 400.000 neuronas dopaminérgicas. DOPAMINA Y PLACER En sentido amplio entendemos el placer como una emoción básica de bienestar o agrado que se siente ante situaciones específicas para cada individuo. Existen diferentes emociones, situaciones y conceptos relacionados con el placer, como son la alegría, la euforia, la pasión, la relajación, la salud, el entretenimiento o la motivación, entre otras tantas. Sin embargo, los estímulos placenteros no pueden ser considerados de forma genérica, pues lo que puede ser generador de placer para algunas personas, es posible que no lo sea para otras. También debemos tener en cuenta que no siempre el placer viene acompañado de alegría. Es así, que el placer tiene un componente básico emocional y su traducción física es una sensación transitoria y relativamente poco persistente, muy dependiente del estímulo placentero.
Una de las primeras investigaciones en determinar las estructuras anatómicas que conformaban el “centro de placer”, estuvo a cargo en 1953 de Peter Milner, un neurocientífico británico-canadiense, y James Olds, un psicólogo estadounidense considerado uno de los fundadores de la neurociencia moderna. Estudiaban en el cerebro de la rata las estructuras que regulan el sueño y la vigilia. Colocaron a la rata en una caja cuyas esquinas estaban identificadas con las letras A, B, C y D. Su trabajo consistía en implantar un electrodo en su cerebro, en lo que ellos tenían identificado con el sistema reticular ascendente. Cada vez que la rata se acercaba a la esquina A, se le aplicaba un estímulo eléctrico breve y de baja intensidad. Para su sorpresa, comprobaron que la rata, en lugar de evitar el chispazo, volvía una y otra vez a la misma esquina. En la medida que se mantenía la estimulación, la rata iba consolidando el hábito de dirigirse a aquel lugar. En la medida que avanzaba la investigación añadieron a la caja una palanca que podía accionar por sí mismo el animalito, de forma que ésta se auto-administraba estos estímulos eléctricos. A partir del hallazgo del centro de placer, se empezaron a estudiar las sustancias que actuaban en esas regiones y rápidamente se identificó a la dopamina como el neurotransmisor principal implicado en el placer. Roy Wase, en 1980, fue el primer investigador en postular la dopamina como el neurotransmisor del placer, para lo que representó el circuito dopaminérgico mesolímbico, “una vía donde los estímulos sensoriales son traducidos en mensajes hedónicos que experimentamos como placer, euforia o sentimientos de agrado”. Cuando algo nos aumenta la dopamina en el núcleo accumbens (centro de placer), se produce esa sensación de bienestar que hemos llamado “placer” y que nos va a llevar a repetir esa conducta. A esta repetición la hemos denominado “recompensa”. Lo que sabemos en definitiva es que todo lo que produce placer y recompensa aumenta la dopamina en la vía mesolímbica, concretamente en el núcleo accumbens. PLACER Y MOTIVACIÓN Uno de los pioneros en la investigación de este tema fue el psicólogo estadounidense Burrhus Frederic Skinner, quien, a comienzos de la década del 50, realizó un experimento con ocho palomas hambrientas que situó en una caja. Se les administraba comida a intervalos regulares de tiempo, independientemente de la conducta que asumieran. No obstante, los pájaros repitieron la conducta que habían asociado con la obtención de alimento. Lo que pudo comprobarse fue que, si bien no existía ninguna relación entre conducta y resultado, la obtención de una gratificación resultaba en el esfuerzo para dicha conducta. La teoría del condicionamiento operante que desarrolló Skinner, establece que el comportamiento es seguido de una consecuencia y, en función de cómo sea esa consecuencia, la conducta será repetida o no. Es importante destacar un concepto relacionado con la experiencia placentera que se denomina “refuerzo positivo”. En el caso de la rata del experimento, ésta “sin querer”, acciona la palanca y obtiene una bolita de comida y se retira a degustarla. Progresivamente, el animal comprueba que, al presionar la palanca, obtiene alimento, por lo que cada vez tardará menos en accionar el mecanismo y lo hará con mayor frecuencia. Por tanto, como he comentado, una conducta seguida de un reforzador provocará una probabilidad incrementada de que se repita esa conducta en el futuro. Lo mismo podría ocurrir con un estímulo negativo. Este estímulo desagradable cesa exclusivamente cuando acciona la palanca, que en esta ocasión desconecta el mecanismo de corriente. La rata aprenderá cómo conseguir que el malestar cese, por lo que repetirá la conducta. A modo de ejemplo, podemos mencionar los casos de abstinencia, como el alcohol o las drogas. La repetición de la conducta de consumir no estará reforzada por la búsqueda de placer (refuerzo positivo), sino por conseguir que el cese del malestar que provoca la abstinencia. A esto es a lo que, según el condicionamiento operante de Skinner, se denomina “refuerzo negativo”.
En relación a la motivación humana, la podríamos definir como los estímulos que mueven a una persona a realizar determinadas acciones dirigidas a la consecución de un objetivo. Y en este punto es importante tener en cuenta de que no siempre la motivación orienta al individuo a la supervivencia. A veces, la conducta motivada está dirigida al hedonismo, es decir, busca estímulos que suponen un incentivo. La motivación se la suele clasificar en dos tipos: la intrínseca y la extrínseca. La primera es aquella propia del individuo como impulso personal a la realización de determinada conducta por el mero hecho de hacerlo. Sale de uno mismo sin ningún refuerzo positivo o negativo. La motivación intrínseca es una tendencia natural del individuo. En cambio, la motivación extrínseca depende directamente de un refuerzo positivo exterior, en forma de gratificación por la conducta. La mayor parte de nuestras conductas vienen motivadas por una mezcla de motivaciones internas y externas. En lo personal, considero que cuanto mayor sea nuestra introspección (la neuromeditación es una herramienta idónea), menor será la necesidad de gratificación alguna, y mejores serán nuestras conductas hacia el bien propio y común. Por otra parte, esta motivación facilita, sumado a las actividades “neurolúdicas”, el desarrollo y potenciación de nuestro pensamiento creativo. PLACER Y RECOMPENSA
Un componente imprescindible del sistema de recompensa es la fijación en la memoria de la vivencia emocional asociada al estímulo desencadenante. Es por ello, que las situaciones con mayor carga emocional van a dejar una impronta en la memoria que nunca se borrará. Cualquier estímulo sensorial que nos evoque alguna relación con el evento pasado activará la “película” de nuestra vida y nos hará recordar aquella situación. Si, por ejemplo, nuestra memoria registra un evento significativo para nosotros, y nos preguntan dónde estábamos en ese momento, que hacíamos, con quién hablábamos y cómo actuamos en ese momento, lo recordaremos sin ninguna dificultad. Así fijaremos en nuestra memoria acontecimientos con elevada carga emocional tanto agradables (reforzantes), como desagradables (aversivos).
El sistema de recompensa se encuentra ubicado en el sistema límbico, siendo ésta una de las regiones con mayor número de conexiones. Allí se encuentra el hipotálamo que permite asociar en la memoria un estímulo sensorial como puede ser un olor característico con una emoción. Esta asociación entre memoria y emoción juega un papel preponderante desde el punto de vista evolutivo en cuanto al instinto de supervivencia, pues también fija en la memoria estímulos asociados a amenazas. Para nuestro sistema de defensa cumple un papel fundamental la amígdala del cerebro, ya que es la encargada de asociar en la memoria un estímulo con la experiencia sentida, placentera, displacentera o de miedo.
En síntesis, cuando nos administramos un estímulo placentero (por ejemplo, la práctica de actividades lúdicas), aumenta en nuestro cerebro el neurotransmisor conocido como “dopamina”, provocando una serie de cambios que nos permitirán disfrutar de ese estímulo, centrarnos en él y alejar de nuestra mente otras preocupaciones.
Cuanto más potente sea el estímulo placentero, más se buscará de nuevo para que nos proporcione otra vez placer. El sistema de recompensa, con la dopamina como pieza principal, es el responsable de que nos enganchemos a las cosas; especialmente, a las buenas.
ACTIVIDAD PARA PENSAR
¡A JUGAR!
Existen innumerables desafíos que nos ayudan a desarrollar nuestra atención y el pensamiento crítico.
Utilizando tu pensamiento divergente, intenta resolver el siguiente desafío.
“VIENE EL TREN”
Un hombre estaba caminando sobre una vía de ferrocarril, cuando de repente vio un tren expreso que se precipitaba sobre él. Para evitarlo, y como era obvio, saltó fuera de la vía. Sin embargo, visto como un sin sentido, antes de saltar corrió tres metros en dirección al tren. ¿Por qué?
CLAVES DE AYUDA
Pregunta: ¿El hombre podría haber corrido menos de tres metros y aun así evitar el tren?
Respuesta: No
P: ¿El hombre podría haber evitado el tren si corría en la otra dirección, alejándose de él?
R: No
P: ¿El silbato del tren sonó poco antes de que el hombre empezara a correr?
R: Sí.
P: ¿El lugar por donde corría la vía tenía alguna característica especial?
R: Sí.
Fuente: Jaime Poniachik y Daniel Samoilovich. “La Pequeña Gran Enciclopedia del Nuevo Pensamiento Lateral”. Juegos & Co S.R.L., 2012.-
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