POR DANIEL DEU

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¿QUIÉN DECIDE? - Yo o mi cerebro (Parte II)

Autor: Dr. Mgtr. Daniel Deu
 

  

CAMINO AL DESPERTAR: LA AUTOCONCIENCIA

 

Para muchos investigadores de las neurociencias, el sujeto culto, el sujeto ético y el sujeto espiritual pudieron haber surgido y evolucionado con el desarrollo de un cerebro social y del lenguaje, junto con el advenimiento de una de sus capacidades fundamentales: el autoconocimiento.  En el artículo anterior he comentado sobre nuestras otras habilidades: las funciones ejecutivas, la libre voluntad y la toma de decisiones.

En la vida cotidiana, se entiende por autoconciencia a la capacidad que tenemos los seres humanos para conectarnos con nuestros sentimientos, pensamientos y actos.  También significa poder reconocer cómo nos perciben otras personas.  En síntesis, es la capacidad que tenemos los individuos de ser nuestro propio objeto de conocimiento.

 

Comenta al respecto el Dr. Claudio Cerviño (2013, pág. 22):

“el siglo XIX concluyó con la creencia de que la conciencia era una búsqueda científica genuina.  En los tempranos años del siglo XX, sin embargo, el estudio de la conciencia perdió legitimidad como un tópico de indagación en los dos paradigmas dominantes de la Psicología en esa época.  La Teoría Psicoanalítica de Sigmund Freud (1856-1939) enfatizaba la postura del proceso inconsciente, mientras que el Conductismo colocaba a la conciencia y la ciencia en extremos opuestos del espectro.  A partir de ahí, la conciencia vista como objeto científico quedó en manos de los neurofisiólogos que comenzaron a investigar acerca del sustrato neural que la generaba y sostenía”. 

 

Para la neurociencia moderna, su conceptualización y entendimiento es fundamental a la hora de querer demostrar las influencias inconscientes de nuestro cerebro en los procesos de la toma de decisiones.  No cabe duda, de que la autoconciencia incluye un proceso racional y objetivo que se manifiesta en una actitud no afectiva y reflexiva hacia el individuo, en donde la situación social en la cual la persona está inmersa influye en el proceso.  A través de ella, podemos procesar la información sensitiva que ingresa en forma continua, y que, junto con la motivación, responde a partir de la generación de patrones motores y emocionales de distinto tipo.  “La conciencia humana es un estado mental que permite, por un lado, el estado de vigilia, y por otro, los procesos internos de los que es posible adquirir conciencia, y es en este último sentido, la denominada autoconciencia” (Cerviño, 2010a).

 

Lo que hoy sabe la neurociencia es que la corteza prefrontal y la memoria de trabajo se mantienen activas tanto ante los estímulos internos como externos, generando constantemente esquemas nuevos para la acción voluntaria, las decisiones, la volición y las intenciones.

        ¿QUIÉN DECIDE?

 

Existe desde hace varios siglos en el campo de las investigaciones neurológicas, la disputa acerca de si el hombre goza o no de libertad de decisión.  Para evitar caer en todo tipo de confusiones semánticas al tratar este tema, es importante definir qué es lo que se entiende por “libertad de decisión”.

En general por “decisión libre” se entiende a toda resolución de llevar a cabo un cierto acto, siempre que tal resolución haya sido determinada por un proceso de deliberación mental y que no se siga con necesidad física de los estados cerebrales previos a la toma de dicha decisión”.  En otras palabras, es una disposición a actuar que no viene determinada por una cadena causal a nivel físico, pero sí que lo está (por una deliberación) en el plano mental.  En estas definiciones es importante subrayar que la decisión libre ha de tomarse conscientemente.  Caso contrario, si la conciencia del hombre se limita, más bien, a reflejar el resultado de procesos cerebrales inconscientes, lo lógico sería poner en duda nuestra libertad de decisión.  Como he comentado en el artículo anterior, los actos de libre albedrío deben ser conscientes e intencionales, es decir, un acto es voluntario sólo si es consciente y con propósitos.  La libertad de decisión se asemejaría, por tanto, a una especie de derecho de veto por parte de la conciencia.

 

        EL SIMPLE PULSADO DE UN BOTÓN

 

Benjamín Libet fue un neurólogo y científico estadounidense (1916-2007) pionero en el campo del estudio de la consciencia humana.  Desarrolló importantes investigaciones en la Universidad de California, San Francisco, EE.UU.  Entre ellas se destaca una realizada sobre las influencias inconscientes en los procesos de toma de decisiones.  Estas investigaciones trataban de determinar la secuencia de activación en sitios específicos del cerebro requerida para desencadenar acciones voluntarias tales como el pulsado de un botón, utilizando equipos electroencefalográficos.  Demostró que eventos cerebrales inconscientes (observables como potenciales eléctricos, llamados potenciales de preparación (en inglés readiness potential, RP), realmente preceden en un lapso variable (0.3 hasta varios segundos) la sensación consciente de haber tomado una decisión voluntaria en preparación de una acción motora -como el pulsado de un botón-.

 

Pensemos por un momento en una toma de decisión muy simple como lo es la de flexionar un dedo.  ¿Qué es lo que ocurre en el cerebro en un caso así?  El dedo se mueve en menos de cincuenta milisegundos, a partir del momento en que desciende la señal eléctrica activadora desde el córtex motor del cerebro hasta los nervios motores implicados.  Pero previa a esa señal, tiene lugar en el cerebro una determinada actividad eléctrica detectable por medio de electrodos.  Esta actividad se denomina “potencial de disposición” (readiness potential, RP), y, en el caso de acciones sencillas, como mover un dedo, comienza a manifestarse unos quinientos cincuenta milisegundos antes de que tenga lugar el movimiento correspondiente.  Pues bien, lo que Libet trató de averiguar es en qué momento de la secuencia de actividad cerebral se sitúa la decisión consciente de mover el dedo.  Para ello, Libet reunió a un grupo de voluntarios, dotados de electrodos que permitían registrar las señales eléctricas de sus cerebros.  Cada uno de los voluntarios se encontraba situado frente a un cronómetro, y tenía que tomar en algún momento la decisión de mover un dedo.  Después, debería indicar en qué posición se hallaba la aguja del cronómetro en el momento en el que experimentó el impulso consciente de mover el dedo.  Momento que el investigador identificó con el instante de la toma de decisión.

 

El sorprendente resultado que se obtuvo en los experimentos de este tipo, fue el momento señalado por los participantes como el instante de la decisión consciente de realizar el movimiento, tenía lugar unos doscientos milisegundos antes de la realización del mismo.  Es decir, más o menos trescientos cincuenta milisegundos después de que empezara a registrarse el potencial de disposición. 

Te preguntarás que significado podía tener este hecho, o si indicaba quizá que el cerebro había tomado la decisión por su cuenta, antes de que los voluntarios fueran conscientes de ella.  ¿O había que interpretar el dato de algún otro modo (por ejemplo, asociándolo con un desfase entre el instante real de la toma de decisión consciente y el instante de la datación mental de esa toma de decisión)?

 

Hasta el día de hoy, este experimento sigue siendo tema de profundos debates.  En el próximo artículo describiré en forma pormenorizada los comentarios, a favor y en contra, de varios profesionales calificados para opinar sobre el tema.                                                                                

 

 

¡A JUGAR Y DIVERTIRSE!

 

Como en la investigación de Benjamín Libet, te presentaré un misterio que deberás intentar resolver.

Tras una larga marcha por una tierra desolada, estaba entumecido por el frío.  No sabía dónde me encontraba y mi sentido de la orientación temporal y espacial se había desvanecido en el aire glacial.  La única referencia de la que disponía eran las formas nebulosas que me rodeaban, que se elevaban y caían en la oscuridad, y qué cruel incertidumbre contenía esa certeza.

Por fin, vislumbré a través de la niebla el contorno sólido e imponente de una torre.  En aquel mundo de espejismos, me acerqué y descubrí que se trataba de una sencilla iglesia con una torre coronada por una aguja que se erguía sobre un crucero de piedra.

Sentí algo de consuelo y entré, contento de encontrar un lugar donde refugiarme del viento helado.  Me senté en un banco y miré hacia el techo abovedado.  Sentí que los espíritus de las congregaciones pasadas permanecían entre aquellas piedras.

Cuando bajé la mirada, vi un mensaje grabado en la madera del banco de enfrente que decía:

TODO MISTERIO SE PUEDE RESOLVER Y TODA VERDAD SE PUEDE ENCONTRAR.

SOLO HAY QUE BUSCAR AQUÍ:

  1. M. L. J.

ACTIVIDAD PARA PENSAR

¡A JUGAR!

Pensé en el significado de aquella secuencia de letras.

¿En qué lugar creía el autor del mensaje que se puede encontrar la verdad?

Ayudita: piensa en los evangelios del Nuevo Testamento.

 

Fuente: Edgar Allan Poe.  “Enigmas misteriosos e imaginativos”. Almaeditorial, 2022.-

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