¿QUIÉN DECIDE? - Yo o mi cerebro (Parte III)
Estimado lector, esta tercera parte de nuestro artículo contiene interesantes opiniones aportadas por prestigiosos investigadores y científicos, en relación al experimento practicado por Benjamín Libet.
A los efectos de conservar la originalidad de lo expresado por cada uno de ellos, y evitar errores de interpretación, solo procedí a transcribir e textualmente sus opiniones respetando el rigor científico que caracteriza a las mismas. Sin embargo, para ayudar a una mejor comprensión de los lectores no legos en neurociencias, he remarcado en negrita algunos comentarios. Por último, quiero citar la fuente de donde extraje este valioso material: Unconscious cerebral initiative and the role of conscious will in voluntary action (Libet, 1985).
En la medida que avances en la lectura, irás comprobando que el debate acerca de si tenemos o no libre albedrío, sigue totalmente abierto.
PROBLEMAS CON LA PSICOFÍSICA DE LA INTENCIÓN
Una de las críticas al experimento de Benjamín Libet estuvo a cargo del profesor Bruno G. Breitmeyer, integrante del Departamento de Psicología de la Universidad de Houston, Texas, Estados Unidos.
Según este destacado investigador el método de sincronización utilizado (“posición del reloj”) está plagado de varios problemas. Libet se basó en la velocidad de un único punto angular, por lo tanto, existe una gran posibilidad de que sus medidas sean idiosincráticas. Además, la sincronización de “S”, la conciencia de un estímulo táctil, no sirve como un control claro que permita considerar cualquier “error” de sincronización aquí como una indicación del error potencial encontrado en la sincronización “W”, la conciencia de la intención del acto.
Por otra parte, Breitmeyer observa que, si se pasaran por alto los problemas metodológicos pertinentes, es necesario abordar varias preocupaciones de naturaleza más conceptual. Plantea como interrogante: ¿en qué sentido pueden los actos voluntarios tal como los define operacionalmente Libet ser paradigmáticos de la acción voluntaria en general, particularmente cuando extrae ciertas importantes implicancias ético-religiosas de sus hallazgos? Como admite Libet, sus actos experimentalmente reducidos de flexión de dedos y muñecas ocurren en ausencia de un significado más amplio. Por lo tanto, su aplicación a nuestra comprensión de la acción volitiva es tan limitada como lo es el uso de sílabas sin sentido a nuestra comprensión de la memoria.
Por otra parte, considerando a William James (1950), sostiene que un acto estrictamente voluntario debe estar guiado a lo largo de todo su curso no sólo por la volición, sino también, por la idea y la percepción.
También se opone a las afirmaciones de Libet en relación a las posibilidades operativas del control consciente de la acción sobre bases puramente fenomenológicas sin comprometerse con alternativas filosóficas como determinismo versus libre albedrío, o epifenomenalismo versus intervención mental. Breitmeyer considera que semejante clasificación fenomenológica es casi imposible, ya que exige suspender cualquier tesis de la realidad, incluidos los supuestos metafísicos ocultos detrás de la propia experiencia científica emprendida por Libet. La conciencia, incluido cualquier “desencadenante” o “veto” consciente, exige alguna forma de intervención mental. Desde el punto de vista científico, no se puede dejar al margen y suspender o poner entre paréntesis la tesis de la evolución natural. Hacerlo, desconectaría aún más la conciencia hasta un punto que justificaría el silencio.
EL LIBRE ALBEDRÍO Y LAS FUNCIONES DE LA CONCIENCIA
Bruce Bridgeman, miembro de la Universidad de Bielefeid, República Federal de Alemania, revela que la voluntad de los sujetos no era tan libre como implica el artículo de Libet, ya que los movimientos pequeños y bruscos que se les ordenó hacer a los participantes del experimento no fueron voluntarios, sino solicitados por el experimentador. La voluntad del sujeto no era más libre en este diseño que en los experimentos de tiempo de reacción; la única diferencia entre este experimento y los últimos paradigmas es que la instrucción y el movimiento están desacoplados en el tiempo. Mientras realizan la tarea, los sujetos no hacen más que obedecer instrucciones. En cierto sentido, a los sujetos de los experimentos de Libet se les pide que se comporten como si tuvieran libre albedrío, exista o no tal cosa. En estas circunstancias no está claro si estamos viendo alguna propiedad fundamental del sistema nervioso humano o simplemente el programa que el sujeto ha puesto en juego.
La artificialidad de la tarea no sería evidente por muy detallado que fuera el análisis, de hecho, cuando más detallado sea el análisis, menos probable será que los resultados se interpreten como operaciones especializadas de una máquina de propósito más general. El sujeto se ha programado para comportarse como si fuera un cajón y nada más. Esto no quiere decir que los paradigmas de Libet sean inválidos, sino sólo que deben interpretarse con cautela.
El hallazgo de que la conciencia entra después del comienzo de un conjunto identificable de eventos neurológicos puede verse en el contexto de la conciencia como un sistema neurológico como cualquier otro, con funciones específicas que ayudan al organismo a funcionar eficazmente.
En el caso especial de Libet, la única tarea pendiente es quedarse quieto. En ese sentido, esa etapa de organización de una conducta que primero requiere acceso a la conciencia, puede ocurrir sólo unos cientos de milisegundos antes de que comience la conducta. Para Bruce, todavía no se ha comprobado qué sucede en un caso más general, cuando se ejecutan otros programas de acción al mismo tiempo.
EL CURSO TEMPORAL DEL PROCESAMIENTO CONSCIENTE: ¿VETOS DE LOS DESINFORMADOS?
Para el Centro Médico Robert W. Doty, especializado en la investigación del cerebro, perteneciente a la Universidad de Rochester, Nueva York, Estados Unidos, quizá la característica más importante de los experimentos de Libet y sus colegas sea la demostración de que la base neurofisiológica de la conciencia puede someterse a un análisis significativo. Esto tiene una profunda importancia filosófica, tanto más cuanto que añade más evidencia de la probable unicidad de los procesos neuronales accesibles a la experiencia consciente o que la producen directamente. Durante mucho tiempo ha sido evidente que muchas transacciones neuronales, de hecho, probablemente la mayoría, carecen por completo de un elemento de conciencia o son incapaces de tenerlo (por ejemplo, la regulación autónoma, la liberación hormonal, las adaptaciones en el control visomotor, la actividad cerebelosa y todas las descargas neuronales durante la mayor parte del tiempo).
Los miembros del Centro Doty, piensan que los experimentos de Libet podrían estar detectando los componentes inconscientes de un movimiento organizado. Hay una iniciación voluntaria de estos componentes, así como aparentemente puede haber una cancelación voluntaria (veto) de los mismos. La decisión real de liberar el movimiento se produce solo en el contexto de la preparación, el punto en el que el conjunto subconsciente del programa neuronal, posiblemente dispuesto en un circuito cerebeloso estriado, está aceptablemente completo.
La parte inconsciente al igual que cuando uno se ata el zapato, procede pari passu (igualdad de rango y sin preferencia) con el movimiento explícito y conscientemente liberado y en apariencia ligeramente por delante; pero esto no significa que los componentes inconscientes proceden o surgen independientemente del control consciente. Después de todo, las neuronas de cada uno están incrustadas y entrelazadas dentro del mismo cerebro, y aún no se sabe si las transacciones neuronales que resultan de la percepción consciente son una manifestación de un tipo especial de neurona o una forma especial de actividad dentro de los grupos de neuronas de diversa forma y química.
ACTIVIDAD PARA PENSAR
¡A JUGAR!
HORAS PASADAS
Juan encuentra un alivio temporal al tumulto de sus pensamientos en el recuerdo de los polvorientos pasillos de la escuela de su infancia.
¡Qué antigua solemnidad había en ella! Le viene a la memoria un profesor de matemáticas vestido con un traje de lana deslustrado que un día le encontró perdido en un rincón oscuro y le dio algunos problemas para resolver. Uno le causó una gran impresión. No recuerda las palabras exactas, pero la esencia es la siguiente:
Si 10 + 4 = 2, y 5-6 = 11; ¿a qué equivale 9 + 7?
Fuente: Edgar Allan Poe. “Enigmas misteriosos e imaginativos”. Almaeditorial, 2022.-
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